Aunque Eugenia había jurado que nunca más iría a enamorarse, no hacía mucho para prevenirlo. Por el contrario, después de muchos amores fracasados, se sentaba otra vez en una silla en un bar, esperando el empiezo de otra cita. Nunca había visitado este bar por lo menos: ubicado en Thames y Costa Rica, jamás le llamó la atención, aunque frecuentaba la zona regularmente por la noche. Cuando Sebastian lo había sugerido, le sorprendió a Eugenia que no reconociera el nombre. También, cuando llegó, fue como si el bar se materializara alrededor del resto de un entorno enteramente conocido, casi de la nada. Supuso Eugenia que quizás siempre estuviera allá, aunque con sus otras preocupaciones, nunca se dio cuenta.
La novedad de esta revelación no le quitó a Eugenia completamente el cinismo. Allá simulaba cada otra relación fallida, cada una que había empezado con una silla en un bar, una silla en un bar, esperando el amor. Hoy Eugenia no tenía mucha fe. Había aceptado la oferta de Sebastian más por casualidad, más porque intentaba convencerse que podía divertirse. Todavía no había condiciones, restricciones que allanaría y contraería su corazón. Todavía había la oportunidad de disfrutarse, sin la angustia que caracterizaba cada historia de enamorarse. No había que invertir nada. No esperaba invertir nada. No estaría afectada. Se sentaba en su silla con la rigidez de cartón.
Ya se había reunido con Sebastian algunas veces. O sea, habían intercambiado unos vistazos en la universidad durante sus clases comunes y se habían reconectado años después en un parque cuando se reveló que los dos continuaban sus estudios y vivían en la misma ciudad. Al menos, Eugenia lo había recordado a él. Sebastian había tenido muchas ganas de conocerla otra vez, y desde entonces habían intercambiado sus teléfonos y planeado reunirse algún día. Tras un café, habían acordado reunirse una vez más, quizás después de unas semanas para que el período intenso de los exámenes les pasara a los dos.
A Eugenia le gustaba hablar con Sebastian. Le parecía cómico, y lo encontraba más simpático que ella misma. Era realmente amable, involucrado, mientras que Eugenia era la tipa a la que le interesaba más entretenerse a sí misma al conversar. El charlar con él había llevado a Eugenia a un simposio nuevo, en el que empezaba a ver el mundo con más atención. Aunque la mayoría de sus conversaciones ocurría por texto hasta entonces, a Eugenia de verdad le gustaba hablar con él. Le impresionó su primera reunión tomando café, y casi un mes después, todavía se encontraba con ganas de responderle a él el segundo que recibió una notificación.
Los dos juntos ya han discutido el cosmos. Habían compartido sus libros favoritos, sus canciones más queridas, las anécdotas tradicionales de secundaria, los nombres de aquellas mascotas fallecidas y también los de las que vivían. Cada tema de sus conversaciones le asombraba a Eugenia. Podía parecer un poco despistado a veces, así que le asombraba el tono muy filósofo que adoptaba él sobre texto, que pudiera hablar con un imaginario que parecía más poderoso que él mismo, con un intelectualismo más vasto que ella podía reproducir. Con un aliento, él maldeciría a todas las instituciones del mundo por robarle a la gente los métodos para lograr la igualdad y planearía fundar una comuna con ella; con el próximo, le textearía a ella una foto del cielo, expresando una gratitud profunda así por vivir. A la vez también se mezclaban con lo cotidiano: a él le gustaba tomar cuestionarios de personalidad con ella y escucharla quejarse de su trabajo. A él le gustaba mandarle a ella pensamientos sobre su día, fotos de los senderos que disfrutaba de pasear, y, de vez en cuando, cuando se ponía valiente, le gustaba mandarle unos memes que Eugenia había visto ya hace unos meses por otra red social. Aún a ella le encantaba abrir cada uno.
Pese a su avidez al conversar con Sebastian, Eugenia se daba cuenta de que se arriesgaba. El futuro no le parecía rosado. Había acabado de dejar de pensar en otro hombre que la había dejado plantada después de salir por unos meses. Eugenia había empezado a creer que le pediría a ella el próximo momento lo que se había imaginado hace semanas: que ella, finalmente, fuera su novia. Ya que le había parecido interesado, se permitió imaginar casi lo infinito con él. Ahora odiaba admitir las otras cosas con las que había soñado, tan temprano en la relación. Esta vez, tan cerca del comienzo, se juró que no le importaba la cita ante ella. No le importaba para nada. Eugenia estaba decidida. Estaba decidida a no ser la primera en enamorarse.
—¿Señorita? —La voz del camarero la llevó otra vez al bar.
—¿Sí?
—Disculpe, este es un regalo de la pareja allá. —Puso una copa de vino tinto en frente de ella —. ¿Espera usted a alguien?
—Gracias. Sí, está tarde. El tránsito, quizás. Debe estar acá en cualquier momento. —Su tono entrecortado pareció ahuyentar al camarero—. Solo está tarde.
La frase la dañó. Estaba tarde. Por supuesto él estaba tarde. Quizás realmente era el tránsito, otro caso del chico atolondrado. Quizás no. Quizás la dejaría plantada. La ilusión empezó a desintegrarse. No ha debido permitirse esperar que llegara él. Entre otro precipicio y la verdad, retornó Eugenia a su soledad. Miró fijamente la copa que el camarero le presentó, su desesperación distorsionada a través del vidrio. Sus ojos siguieron la dirección a la que el camarero había señalado, por un momento curiosos de la identidad de sus benefactores.
Son una pareja anciana. No miraban a ella, su beneficiaria; de hecho, no miraban a nadie. Solo se miraban, agarrándose de las manos sobre la mesa. La piel de los dos estaba arrugada, pero su apretón era evidentemente firme, una interacción impenetrable que conjuntaba los dos cuerpos en uno. Parecían susurrarse, el uno a la otra, si realmente hablaban en voz alta. El hombre pareció decir algo, el contacto entre ellos solo rompiéndose para que la mujer le diera un golpe leve en su mano. Las estrías de su cara se contorsionaron como si le disgustara la broma de su marido, cuando en realidad intentaba esconder su sonrisa. Fingió soportar sus travesuras nunca más, a fin de que él tuviera que suplicar el perdón y ella se riera de que había picado. Comunicaron el resto en silencio, en un lenguaje que Eugenia no podía entender. Sus ojos brillaban con humor; sus cuerpos enteros parecían temblar con felicidad. Y de nuevo empezaron el acto. Niños de otro universo, jugando un juego eterno. Mejores amigos. Sintiendo la mirada de Eugenia, dejaron de mirarse por un momento para hacerle un guiño.
—¡Lo siento! ¡Lo siento!
De golpe, allá estaba Sebastian, sudando violentamente, con un traje que no le quedaba bien y un ramo de flores en las manos. Eugenia estaba estupefacta.
—¡Lo siento por tardarme! —Prácticamente sollozaba—. Sabía que ésta es nuestra segunda cita oficial, y obvio que tenés que comprarle a tu novia flores para la segunda cita—y pensé en esto hace semanas pero quería que las flores estuvieran frescas—pero fui a la calle y de repente se me olvidó tu flor favorito aunque me dijiste nuestra primera cita—¡qué horror! ¡qué idiota!—y el vendedor ya me miraba con una de las expresiones que dice, “Che, boludo, debés comprar unas flores o ya verás,” así que compré lo que tenía. Entonces, en el subte empecé a preocuparme si tuvieras alergias de algunas flores, así que fui a un kiosco para comprarte el antihistamínico, pero ¡los tres FarmaCitys que visité estaban cerrados! Y estaba a siete cuadras del restauran y se me agotaba el tiempo y …
—Sebastian.
—¿Sí? —Él estaba jadeando.
—No te pasa nada. Siéntate.
—¿Segura? ¡Espera! Te compré estas flores.
Si fuera alguien más, Eugenia no sabía lo que habría hecho. Había consecuencias por estar tarde, y debía sentirse molestada. A su vez, sintió algo brotando en el techo que solo floreció cuando miró a los ojos de Sebastian. Sintió que estaba a punto de llorar. ¡Llegó! ¡Llegó! Al observar el afán, la compasión, la sinceridad auténtica que centelleaba allá—una expresión que decía, ¿De verdad dudaste que llegara?—solo se le ocurrió la clemencia. ¡Llegaste! ¡Perdóname! Quizás fuera una equivocación, pero algo empezó a arder entre Eugenia mientras que aceptó las flores y el antihistamínico de Sebastian e intentó absorber esa mirada que le dirigía a ella de su silla. Una silla en un bar, otra silla en un bar. Pero estaba Sebastian en frente de ella, con una mirada cubierta de rocío. ¡Llegó! ¡Realmente llegó! Le dolió el corazón al comprender esa expresión entonces, la admiración que la abrumó. Las pastillas se sacudieron en su mano.
En ese momento, Eugenia sabía nada, aparte del juramento que se murmuró a sí misma: mirando a Sebastian, no quería nunca lastimarlo.