Una batalla de puros

En esta época, todos queremos fumar. Cuanto más tenés, más grande es el que fumás. Es un hecho de la vida. Todos lo creen. Yo lo creo. Ciertamente Alfonso lo cree también.

A esta altura, el puro es una extensión del cuerpo. Los jefes más poderosos caminan por la calle con el bulto en la boca en todo momento. Nos muestran la punta, y se supone que nos caemos de rodillas y lloramos con asombro. El tamaño importa por supuesto. Nadie va a avergonzarse al arrodillarse si la punta apenas cuelga de los labios. Admiramos algo largo, bien hecho. Respetamos un contorno considerable. Preferimos que sea firme, duro.

Los fabricantes nos anuncian el puro como los dulces. Sus publicidades son tan prevalentes que es como si las empujaran bajo la garganta. Hay miles de compañías diferentes con sus propias marcas del puro. Es cierto que entre las expectativas generales de cómo deben sentirse, muchas personas pertenecen a sus gustos idiosincrásicos. Por eso lo hacen grueso o flaco, dulce o salado. Lo venden morado, rosado, velloso o con pinchos. Todos funcionan. Algunos se parecen a las flores. No sé cómo se fuman.

Alfonso y yo siempre hemos fumado juntos. Nos dedicamos de niños, y desde entonces, hemos llegado a ser inseparables cuando fumamos. Solíamos hacerlo detrás de un arbusto para que nuestros padres no se enteraran, pero hoy en día somos más refinados. Nuestros padres han muerto, y hemos heredado el dinero. La primera cosa que hicimos fue fumar. La segunda fue comprar puros más grandes. Ahora consagramos el proceso de fumar. Nos sentamos en el salón y lo hacemos con las cortinas abiertas. Nos tomamos nuestro tiempo; nosotros gozamos del tiempo. 

Bueno, Alfonso pasa la mitad del tiempo tonteando. Siempre dice que el suyo es más grande que el mío; y a mi pesar, tiene razón. La familia de Alfonso fueron gran terratenientes cuando primero colonizamos las Américas, y ahora él aprovecha los frutos de la labor de su familia. Seguro que sus abuelos ganaron cada moneda con sus propias manos. Es difícil organizar tantos cuerpos para que te generen tanta plata. Es difícil ser tan rico que podés evadir las maneras de redistribución del gobierno. Todo su trabajo les sirvió. Muchas personas murieron para que Alfonso ahora pueda comprar los puros más gordos que he visto en mi vida, que pueda atiborrarse la boca. Es su derecho. ¿Y los puros? Son gigantescos. Es como si un roble creciera de la garganta cuando lo fuma. También ha fumado puros de todo el mundo. Me hace humilde.

—¿Qué chupás, hombre? —Me preguntará.

—No chupo nada. —Me defenderé. Es un horror que no pueda durar mucho tiempo con mis puros.

—Sí, chupás. ¡El tuyo es tan pequeño que ya mamás la punta!

Y bajaré la cabeza con vergüenza.

Pero hoy es diferente. Por meses he trabajado en un proyecto para conquistar a Alfonso por fin. Me he comunicado con expertos de la NASA, y juntos hemos concebido un modelo nuevo para el puro. Con la ayuda de los astronautas, voy a ser el primero en fumar un puro de materia espacial. Después de varias pruebas, han finalizado un diseño para el puro que combina material inflamable de la luna y también de Júpiter, el gigante gaseoso más grande, por supuesto. 

Voy a fumar la luna. Y Júpiter. Y va a ser un puro masivo.

Va a ser tan masivo que me van a proyectar en el espacio para fumarlo porque el área de la tierra no es suficiente para hacerlo. ¿Me entendés? Voy a fumar en el espacio. 

No voy a decirle hasta que ocurra. Quiero ver su cara cuando me vea en las noticias, con una de las cosas más colosales del mundo acá mismo en la boca. No va a creerlo.

Chúpalo eso, Alfonso.

Alfonso se ahogó.

Apagó la televisión, y escupió los restos del puro en el piso. Aunque había apagado el programa en cuanto había reconocido la imagen de Mariano—la manchita del traje espacial flotando entre los cosmos con el bulto marrón emergiendo de la boca—todavía podía verla en la electricidad estática que irradiaba del televisor. Sin otra palabra, salió del salón con una rabia intensa. 

Cada vez que Alfonso se ponía mal, la única cosa que tenía que hacer era observar su riqueza. Fue un viejo consejo de su abuela, que había pedido que se decorara su cuerpo con diamantes cuando muriera para entretener a sus sucesores durante el velatorio. Para Alfonso, el mejor alivio era los puros. Había erigido su mansión cerca de las fábricas que producían su puro favorito. Alguna vez él fue su mayor consumidor, pero cuando recibió su herencia, compró la compañía y reenvió una gran cantidad de los puros a su propia propiedad. Le parecía a Alfonso una idea genial para ahorrar dinero. 

Esta hacienda era el epicentro de su imperio. Mientras que quería vivir cerca de las fábricas, quería preservar el verde de su propiedad, así que construyó su casa unos kilómetros lejos de la zona industrial, donde el cielo todavía era azul. Podría mirar el humo que las fábricas bombeaban en la atmósfera como si fueran nubes, y siempre lo llenaría con una tranquilidad profunda. Podría verlo desde sus dos jardines favoritos. En el primero, se había sembrado el tabaco más caro en el mundo, que Alfonso fumaba regularmente para una merienda. En el segundo, sus criados habían decorado los senderos con varias erecciones de puros que ascendían hacia el cielo como los rascacielos. Cuando se ponía mal, a Alfonso le encantaba abrazarlas o a veces tocar la lengua a sus bases porque sabían todas al tabaco. Era su mejor refugio de la corrupción y lo absurdo del mundo.

Alfonso paseaba aquel maldito día a través del segundo jardín, la envidia emanando de su cuerpo. Oteaba su propia tierra que extendía decenas de hectáreas en cada dirección. Encendió un puro, pero no fue suficiente. Encendió otro, y otro más después. Agarraba los tres en la boca, pero aún entonces el humo combinado no le ocultó la llama de su fracaso. ¿Qué significaría ahora si un hombre fumara en la tierra? ¿Qué era un hombre ante la inmensidad del espacio? Alfonso podía sentir el sabor de la irrelevancia quemando los labios.

Mientras que su miseria solo aumentaba, un auto se acercó a él desde la calle. Adjuntada a la espalda llevaba una jaula masiva cuya carga exigía que el auto viajara con un paso muy lento para que no se derribara. Alfonso se detuvo un momento en el jardín para dejar que el auto pasara. En los pocos segundos en que los dos estaban cara a cara, Alfonso sólo pudo echar un vistazo de la monstruosidad que se contenía adentro. A medida que se alejaba, solo se podía ver el contorno marrón de su figura y sus ojos brillantes que miraban fijamente a Alfonso. 

Unos días antes, los criados de Alfonso le habían informado que un oso se había avistado vagando en el bosque que conectaba con el borde de la propiedad. Se preocupaban por la cosecha y además por la seguridad de los otros sirvientes a los que, debido a las expectativas comerciales de Alfonso, les tocaba trabajar alrededor de la estancia durante la noche. Alfonso les había aconsejado que lo capturaran y llevaran a su casa porque le interesaba tenerlo para una mascota. Nunca había tenido un oso. 

Cuando Alfonso observaba que el auto había dejado la jaula al lado de su puerta, empezó el retorno a su casa. Antes de que entrara el zaguán, se dio vuelta atrás para considerar al oso otra vez. Roía las barras de su cárcel, dejando marcas de mordidas en el metal. Al darse cuenta de que sus esfuerzos fueron inútiles, la criatura resopló, y mostró los dientes con un bostezo gigantesco.

Fue entonces que se le ocurrió a Alfonso. ¿Qué significaría si un hombre fumara en la tierra? Mariano ya había transportado los puros al espacio. Un hombre era minúsculo comparado con lo vasto del espacio, sus leyes infinitas. Quizás la capacidad humana se había realizado enteramente. Pero no del oso. Un oso era un ser aún más minúsculo, con una mente esperando ser conquistada, realizada. En ese momento, Alfonso pudo ver todo. Primero, las cosas básicas. El entrenamiento de los pulmones para soportar el humo. El desarrollo de un diseño para acomodar los pulgares no oponibles. Entonces, el traje espacial. El lanzamiento. El asombro. ¿Qué era un hombre mejor que el que ha superado la ley de la naturaleza?

—Venga, Andrés, llámale a la prensa. —Dijo Alfonso a un sirviente cercano.— Vamos a enseñarle a este oso a fumar.